Magnifica narración de dos viajes muy dispares, uno a la tierra de don Quijote y otro a "chatolandia". El primero lo realizó el autor con motivo de 400 aniversario del Quijote, enviado por su periódico, emulando el que hizo Azorín para el suyo en el 300 aniversario. El segundo fue por Francia sin otro motivo que conocer este bonito país donde abundan los "châteaus".
El pretesteto de los viajes le permite hablar de lo que quiere pero sobre todo de lo que lleva en su interior. Un deseo de conocer la realidad y darle sentido.
Un párrafo sobre la lectura que puedo dejar de citar es: "Vivimos en un ecosistema de pantallas que ha atrofiado los músculos de nuestra comprensión. Quien mira una pantalla puede aprender muchas cosas pero adopta una actitud pasiva, recibe imágenes y sonidos. Quien lee crea activamente significados en su imaginación, que así se robustece, desarrolla empatía, se pone en la piel de los demás. Don Quijote fue un empático desmedido: leyó tanto que acabó echándose a la calle a socorrer a quienes ni siquiera querían ser socorridos".
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